lunes, 30 de noviembre de 2015
¿CÓMO HABLAR DE LA MUERTE CON NUESTRO HIJO?
La muerte es un tema que en la sociedad occidental actual
tratamos de mantener al margen de conversaciones cotidianas. Preferimos
enfrentarnos a ella únicamente cuando no nos queda más remedio. Motivados por
nuestra propia experiencia de dolor, tendemos a (sobre)proteger a nuestros
hijos, alejándoles lo más posible de todo aquello relacionado con ella.
Tratamos de ocultar una realidad inevitable
con la firme convicción de que así le ahorraremos el trauma y el sufrimiento
que conlleva.
¿Estamos haciendo un favor al niño alejándole de la muerte?
La respuesta es clara: NO. Si nuestro
hijo se desarrolla en un entorno donde sólo existen éxitos y donde todo
sufrimiento y fracaso son evitables, cuando ocurra un suceso doloroso no
va a disponer de recursos para
afrontarlo, por lo que su frustración será enorme. Además, cuando se produce
una muerte en la familia, se dan cambios (estado anímico de familiares,
rutinas, etc.) que el niño percibe y a los que buscará una explicación.
ASPECTOS BÁSICOS PARA COMPRENDER LA MUERTE
- Es inevitable: todo ser vivo muere.
- Es irreversible: una vez que se está muerto, no se puede volver a la vida.
- Toda muerte tiene un porqué: si esta causa es conocida por el niño (adaptar explicación a la edad: “estaba muy malito”, “tuvo un accidente”), evitaremos sentimientos de culpabilidad (“el abuelo se murió porque me enfadé mucho con él”).
- Al morir, desaparecen todas las funciones vitales: el fallecido no puede moverse, ya no piensa ni siente.
¿A QUÉ EDAD PODEMOS HABLAR DE LA MUERTE CON NUESTROS HIJOS?
A partir de los dos años, a medida que los niños van
desarrollando el lenguaje, pueden empezar a comprender conceptos relacionados
con la muerte. Además, van a notar cambios en la familia y buscarán una causa
para los mismos, por lo que conviene hablarles de ello con naturalidad (“mamá
está triste y llora porque se ha muerto el abuelo”).
Sin embargo, es muy probable que no manifiesten una
respuesta afectiva acorde con el suceso (llorar) hasta el quinto o sexto año,
edad a la que comienzan a entender el significado de términos que impliquen
irreversibilidad (“nunca más”; “para siempre”). En esta etapa predomina el
pensamiento mágico, por lo que es importante responder a sus preguntas con
sinceridad y claridad para evitar que generen creencias erróneas.
A partir de los siete u ocho años debemos concederles
la libertad para decidir si quieren asistir al tanatorio, ceremonia o funeral.
Esto puede ser bueno para ellos, ya que sentirán que forman parte de la familia
y podrán recibir el apoyo del resto de allegados. Si su decisión fuera la
contraria, también habría que respetarla.
¿CÓMO DEBEMOS COMUNICARLO Y QUÉ DEBEMOS EVITAR?
Debemos dar la noticia lo antes posible, adaptando las
formas y el lenguaje a la edad del niño y teniendo en cuenta la cercanía
con el fallecido. No es necesario
hacerlo de golpe, podemos hacerlo de
forma gradual, dejando que sea el propio niño quien haga las preguntas en
los momentos que él elija.
Cuando se trata de alguien muy cercano, NO debemos separar al niño del entorno familiar habitual o alejarlo de su rutina. Si enviamos a nuestro hijo a casa de sus tíos paternos porque se ha muerto el abuelo materno, con el fin de alejarlo del sufrimiento y del ajetreo, estamos forzándolo a que asimile demasiados cambios en muy poco tiempo. Es importante que conserve la sensación de seguridad proporcionada por sus figuras de referencia.
Hay que decirlo con naturalidad y EVITAR metáforas como “está de viaje”, “está de vacaciones”, “está
dormido”. Esto es una forma de sobreprotección que perjudica al niño en el
desarrollo de recursos de afrontamiento. Tampoco hemos de eludir preguntas como
“mamá, ¿tú también te vas a morir?”, “¿sólo se mueren las personas mayores?”, sino
responderlas con sinceridad, evitando crear miedo o inseguridad. No debemos
mentir, sino emitir una respuesta acorde
a la edad del pequeño (“mamá te va a querer, y va a cuidar de ti siempre que
pueda. Todos los seres vivos se mueren, pero nunca te va a faltar cariño y
cuidado”).Tanto el empleo de metáforas como la evitación de respuestas hace que el niño desarrolle sus propias explicaciones, que suelen alejarse de la realidad: “papá está dormido debajo de la tierra, pero no puede salir porque está muy profundo y no puede moverse”, “¿Por qué no vuelve el tío de vacaciones, ya no nos quiere?”.
¿ES MALO LLORAR DELANTE DE ELLOS?
Puesto que los padres son la principal figura de referencia
de los niños más pequeños, es importante mantener la calma y transmitir
seguridad. Sin embargo, la expresión emocional de tristeza es natural, y llorar
delante del niño de forma controlada implica un modelo positivo de canalización
emocional al darles a entender que la tristeza es una emoción aceptable en la
familia.
FAVORECIENDO LA RESOLUCIÓN DEL DUELO
El duelo es el proceso emocional normal que ocurre tras la
pérdida. Suele
durar entre uno y tres años, y cada persona lo vive de manera diferente. Si
acercamos con naturalidad el concepto de la muerte a nuestros pequeños, estamos
favoreciendo el desarrollo de recursos de afrontamiento activo que utilizarán no
solo en el duelo, sino también en futuras situaciones de fracaso personal. En
este proceso van a necesitar el apoyo de las figuras de referencia para ir
recuperando paulatinamente la rutina sin la presencia del fallecido.
Aquí compartimos un enlace en el que os podéis descargar una Guía Gratuita sobre Duelo Infantil, elaborada por la Fundación MLC.
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